Recordando lo que platiqué con la soledad,
vi nuevamente en mí, lo vacío que me encontraba
al saber que nada tenía,
y solo, solitario estaba.

Retornó por mi la soledad
ahora en compañía de su amiga,
la fiel compañera de la noche
aquella que se denomina, muerte.

En ella vi esa tranquilidad,
esa paz que tanto anhelaba;
me miró con esos ojos vacíos
y sin embargo tenían cierto brillo.

En ellos mire profundo, mi destino,
reflejados en ellos vi mi final;
a tiempo justo, presente para mi partir
era ya mi momento de descansar.

Extendió ella su mano fría y sin vida,
la tomé y sentí en ella su paz;
que no pude sino hacer lo que inmortal,
experimentar su paz sin temer.

Por el contrario a lo pensado
me sentí por fin descansado,
sin dolores, sin penas, sin amores;
era tan solo mi liberdad.

Lloré como nunca en mi vida
quizás quienes me veían alrededor
pensaban que me invadía el temor,
ya no me entendían esta ocasión.

Lloraba de total alegría
al tener la idea de dejar este mundo,
hacia a un lado lo terrenal
para dar el siguiente paso a la eternidad.

Mis lagrimas eran de satisfacción
pues mis plegarías al fin escuchadas
hoy retumbaban en mi por la contestación
dando respuesta con mi partida.

Mi súplica al fin fue escuchada,
mi señor a mi me respndió
arrebatada de mí, en un quirófano
en mi infancia se suspendió.

Mi vida seguí sin reclamo,
el una misión me entregó;
la de siempre con una sonrisa
tomar el dolor ajeno.

Guardando en mi esas penas
con la promesa futura de formar mi cruz,
una cruz forjada con las penas ajenas
haciendo de mí, caminante sin alma.

Sin un corazón propio caminé,
vacío por dentro, compartiendo el dolor
que darían un sentido a mi corazón,
corazón que amó a la humanidad.

Quienes me rodean no comprenden
esta forma de pensar tan inapropiada;
siempre fuí la cruz en el altar,
vacío y hueco como mi soledad.

Ahora atiéndeme a mi agraciada muerte
pues solo tu me comprenderás,
que aún cuando mi camino recorrí
con personas que me quieren,
yo siempre solo estuve.

Yo no pertenezco a aquí,
jamás fuí uno de ustedes
fuí muerto en vida
que soño tan solo con vivir.

Esa vida tan común y normal
no fue hecha para mi, jamás iba a pasar,
pues solo siempre estuve, tarde entendí
que mi existencia no pertenacía aquí.

Ahora te acompaño a ti muerte,
mi misión ha terminado al fin
mi vida como en principio,
se extinguió, dejo de valer.

Pasaré al olvido finalmente,
recordando unicamente un sueño
que fue el poder conocerte,
mi única razón de existir.

Aún en este silencio te seguiré amando,
en mi callar estará mi martirio
pues lo prefiero a que te llame
y escuches a mi alma abogar por ti.

Camino en silencio con nuevo par,
en espera de tener una nueva misión
ya será en otra vida donde algún día
te encuentre nuevamente, mi amor.

Gonzalo Sotelo