No sé qué me lleva a escribir,
no sé qué es lo que me llena.
Solo sé que le debo esto a quien me da,
y si es Él quien me ordena,
diré que soy su siervo que lo ama
y que indigno me siento de ser su oveja.
Hoy estoy aquí, frente al monitor,
no sé qué más dar a mi prójimo,
he tratado de seguir, con fervor,
dando algo de lo mucho que recibo.
Es la gracia divina que jamás me abandona,
es el don de ser un hijo de Dios.
¿Por qué la gente se espanta y cuestiona?
¿Por qué tememos ser llamados hijos de Dios?
¿No fuimos hechos acaso a su semejanza?
¿Es posible que nuestro temor al pecado sea más
que la fortaleza refugiada en el seno del Señor?
No sé si está bien o mal,
solo digo y hago lo que dicta mi corazón.
Muchos me consideran raro,
me ven diferente, casi especial.
Pero nada mas lejano de la verdad,
Tan solo es mi confianza en la sinceridad.
Cada quien tiene un lugar en este universo,
un sitio predestinado en este concierto.
Como si se tratase de una luneta numerada,
nadie más ocupa nuestro puesto,
porque somos hijos únicos de Dios,
cada quien, único, individual y predilecto.
¿Por qué la gente se empeña en verme distinto
cuando no hago más que lo que dicta el amor?
Yo no soy para nada especial,
gente como Juan Pablo II, la Madre Teresa,
y los santos de la iglesia en una lista sin final,
fueron hombres de Dios, emisarios de la paz.
Yo soy solo yo,
un hombre que ha aprendido a ver,
más allá de mis ojos, escuchar,
más allá del sonido a percibir.
Las alabanzas a Dios son eternas,
los coros que resuenan no tienen fin.
El mundo se ha hundido en desesperación,
ya no escucha lo que Dios dice,
Él se preocupa por nosotros con devoción,
y no somos capaces de escuchar su voz.
Si pudiéramos entenderlo,
toda guerra, odio y enemistad,
sería cosa del pasado, no un simple anhelo.
¿Quién mejor que el Creador y su Hijo,
embajador de paz y salvador por amor,
para mostrarnos el sendero de misericordia,
y guiarnos con seguridad al paraíso?
Si tomáramos tiempo para oír
la tranquilidad de un bosque,
el temple de un océano bravío,
la paciencia de las estrellas mirar
y la serenidad del cielo con su manto.
Entenderíamos que la solución
siempre está frente a nosotros,
en el lienzo del Señor.
Si tú sufres, Él lo comprende,
y al ver tu sufrimiento, como el pintor
plasma en su lienzo cada tormento,
tempestad, crisis y toda guerra personal.
Al terminar su obra con todo detalle,
rompe ese lienzo, te libera de tus ataduras,
te muestra la salida de ese callejón.
Pero somos testarudos,
encerrados en nuestra autocompasión,
no queremos mirar fuera del pozo,
esforzarnos por alzar la mano,
y ver que la lluvia ha cesado.
Esperamos milagros, cegados,
cuando los tenemos ante nuestros ojos.
¿Qué mayor milagro que la vida misma?
¿Qué mayor milagro que sentir
el dolor y la alegría de un ser amado?
¿Qué mayor milagro que existir,
observar, oler, escuchar?
Somos tan obsesionados con la desesperanza
que perdemos el asombro y el milagro,
no sabemos distinguir entre
el milagro y la tecnología.
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