Tan lejos yo de ti, y tan cerca estás tu de mí. Guardo de ti esa última párticula de tu cuerpo en mi ser. Me aferro a ella como lo mas valioso que hay. Me entregas tu amor sin condición y yo solo soy una espina mas en tu corona, soy parte de la herida que tomaste en la cruz.
No se cuando te volveré a llamar amigo, pero jamás dejaré de gritar en el silencio de mi corazón, que ansioso estoy de recibirte en mi hogar, porque se que a pesar de lo que el mundo díga, tu entrarás sin la mirada de juicio que el mundo se encarga de darme sin siquiera saber que ya cargo mi propia cruz.
De lejos, a la puerta de tu templo, me acerco con verguenza porque he fallado pues pecador soy. Del pecado del amor, que me aleja pero que con tu misericordia que es infinita, me sigues invitando a pasar pues en ti hay salvación.
Me salvas cada noche, en el consuelo de tu amor. Tu justicia me ha alcanzado y sin embargo, me cobijas en tu misericordia. Eres tu mismo quien nuevamente se interpone entre mi castigo y yo. Recibes las heridas que yo mismo he provocado mientras me miras con tanto amor; desde lejos te miro en el altar, y te veo como tus ojos se fijan en mi.
Como la samaritana te recibo sin dudar, pues se que tu eres el mesías que prometió por mi venir. Y con esa alegría, olvido por un momento mi pecado de amor y solo tu amor perfecto puedo sentir.
El mundo no lo entiende, que por encima de todo, estás Tú.
Aún guardo en mi corazón, ese último pedacito de ti; el que me mantiene día a día luchando por decirle al mundo cuan feliz soy por ti.
Recibo tu amor, y sin temor también tu justicia. Pues se que soy condenado por amor, como lo llegaste a ser tu por nosotros en un momento que ha durado hasta hoy.
No puedo sino reconocerte como mi Señor, y como tal, mi castigo lo acepto si ha de llegar, si con ello puedo una vez más, sentir tu mano tocarme el alma, pues aún en la penitencia, hay un amor sin igual.
Bendito y alabado seas Jesús, mi amigo y mi salvador.
Escribir un comentario